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Es del todo lícito que un escritor o aficionado a escribir use su experiencia para inventar ficciones y al hacerlo se inspire en personas de la vida real y no es lícito en cambio que esas personas -de las que el escritor ha saqueado pedazos o fragmentos con la sigilosa minuciosidad de un espía- reclamen nada, pues los personajes ficticios adquieren vida propia y no son ellas.
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41) EL PORRO MALO

Publicado por Luno On 02:15

Desde hace unos días en Lima hace un frío demencial de noche, así que saliendo de trabajar decidí prender el porrito que tenía en mi billetera desde hace un par de semanas. Lo que demuestra que no soy un adicto, porque si lo fuese, ese porro maldito que me hizo alucinar mucho en esa ocasión no hubieses durado catorce días en mi poder. Me lo hubiese fumado desde que llegó a mis manos.

En esta aventura, me acompañó un amigo del trabajo que no dudó probar de mi porro en cuanto lo vio y así anduvimos, quemando cerebro, a pie, por el malecón de San Miguel. Consecuencias del porro fue el hambre titánico que produjo en mí y en el chino. Nos dirigimos a la Av. La Marina y pedimos unas hamburguesas gigantescas, las más caras del lugar, le dijimos a la mesera que sea tan grande que no entre en nuestras bocas, que le dábamos el doble de propina si nos la servía de tres o cuatro pisos con todas las cremas, con mucha papa frita y sin ensalada porque nos estriñe.

Para mi mala suerte me dio un ataque de risa, nunca antes había experimentado eso, no recuerdo que me causó tanta simpatía o si me carcajeaba de la nada, no lo recuerdo pero lo que sí recuerdo bien es la molesta del chino para conmigo, le disgustaba que me ría tan exageradamente y que de mi boca escapara restos de hamburguesa y ensucie la mesa y su casaca nueva. Me decía el chino que sería la última vez que fumaba conmigo, que lo avergonzaba que el resto de comensales volteasen a mirarnos y atinasen que ambos estábamos chinazos a consecuencia de la ecología, me amenazaba con lanzarme un zarpazo si no dejaba de reírme y ensuciarlo.

Luego del incidente en el Miguelón, de pelearme con el chino y mandarnos al carajo, llegué a mi casa encabronado, molesto, iracundo y enfadado. Prendí mi nueva laptop y le escribí una carta a mi mamá diciéndole que me voy de la casa porque no soporto que me levante temprano para ir a estudiar, ni mucho menos me desconecte el rourter para que me duerma antes de las doce, ni que me pida balances de lo que percibo mensualmente, tampoco que me alimente con: menestras, verduras y pescados de mi desagrado. Que a pesar de estar en una de las mejores universidades limeñas ya no deseaba ir a estudiar algo que no me nacía ni apetecía, que si mi familia en general deseaba que fuese un magnífico administrador de hoteles y restaurantes pues que se jodan porque lo mío es la literatura y el periodismo sin cartón.

Mi familia entera pensó que si me iba de la casa era porque quizá deje embarazada a la niña de diecisiete con la que ando saliendo, pero ya les expliqué que soy estéril y que lamentablemente no tendré descendencia sino me atrevo a adoptar como Ricky Martin.

En conclusión el porro malo me vislumbró la mente y me aclaró el panorama: ya no quiero ir más a la UPC donde los niños pitucos creen estar en Disney pero fuman peor que Micky, que estudiaba lo equivocado porque no me gusta ir de viaje ni atender mucha gente de por vida y si me iba de mi casa es porque no encontraba la manera de decírselos y de rebelarme tardíamente a los veintiún años con tres cambios de universidades encima. Aunque es un dilema que un futuro o proyecto de comunicador no sepa cómo decir lo que siente y piensa, que le vamos hacer, los porros me ponen así.

Hospedado en la casa de mi gran amigo Hans Mendoza, un hogar modestamente cómodo pero que me brindo las necesidades básicas como: una cama con un buen colchón y una conexión a internet con velocidad promedio, pasé cinco días cojonudamente divertidos, durmiendo lo suficiente como para no tener sueño de madrugada, escribiendo como descocido, almorzando en el patio de comidas de Wong y cenando en el KFC.

También fume no sólo uno, sino muchos porros bien armados por Hans, y además descubrí que la hierba me aligeraba la mente para escribir, desenfrenaba mi ira y la mala leche de la que soy víctima desde hace unos meses y por eso sólo escribo cuando estoy encabronado, rabioso, irritado por las cosas que me pasan y de los mamones que me cruzo en la vida por eso les dedico largas historias que Trikool las llama: tiraderas, y le pregunto por qué razón les dice así si yo no me los he tirado ni tampoco deseo hacerlo porque en su mayoría son unos enanos y obesos que pagaría para que no me tocasen.

En los cinco días de exilio, no todo fue porros y mucha comida, la editorial a la que le envíe el manuscrito de mi primer libro: El garabato imborrable, me envío un mail para coordinar una reunión conmigo, me contaban que les había gustado la novela y estaban interesados en publicarla. Es la misma editorial que sacó hace unos meses un libro muy polémica por haber sido escrita por la amante juvenil de un presentador y escritor de televisión. Hasta en eso estoy vinculado a él, diantres.

Y precisamente en la carta que le escribí a mi madre, entre otras cosas le comentaba que temo que una novela que se encuentra bajo siete llaves escondida entre libros viejos y revistas antiguas de la biblioteca, nos separe definitivamente, porque el leerla tendrá asco de mí y de lo que fui en la universidad, con mis amistades, en los trabajos que me despidieron y sobre todo las verdades ocultas y lo que me rebeló Hugo Garabito por lo que sospecho que ese maldito libro dará que hablar por un tiempo.

Volví a casa, no con el rabo entre las piernas, sino con un pliego de reclamos que se están cumpliendo al pie de la letra:

No despertarme antes del medio día.

No desconectarme el rourter por ningún motivo.

No servirme en el almuerzo pescados, menestras ni mucho menos verduras.

Me cambiaré de universidad, y en esto si seré muy cuidadoso, por más que me ofrezcan la UPC en la carrera de periodismo, no aceptaré porque no me siento bien rodeado de gente que cree ser superior por tener más en el bolsillo o porque tener muchas tarjetas de crédito. Para mí que se vayan al mismo fango toda la UPC junta, chicos superficiales, de plástico.

Y no volveré a fumar al salir del trabajo porque me darán ganas de irme de casa nuevamente.

Lo siento mamá, no salí como tú esperabas ni seré lo que tú anhelas, seré hasta donde los cojones me alcancen. Si me tratas mejor que antes, sé que lo haces de puro compromiso por temor que me vuelva ir.

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